En su despacho del quinto piso del Palacio de Hacienda, además de la doble pantalla con la información de los mercados que tienen los banqueros, operadores financieros y funcionarios del área económica, Nicolás Dujovne tiene un gran televisor. La pantalla está siempre apagada y tiene el cable de conexión colgando muerto a un costado del aparato, y por eso el ministro de Economía se acerca a la oficina de su vocero cuando quiere semblantear cómo se mueve la agenda mediática del momento. En ese otro despacho hay seis televisores que están todo el día sintonizados en los canales de noticias. Hasta hace tres semanas, en esas pequeñas excursiones, Dujovne, mortificado, leía en los videographs sobreimpresos dólar, dólar, dólar, dólar, dólar y dólar. Ahora lee Cristina, Cristina, Cristina, Cristina, Alberto, Cristina.

En el Gobierno creen que eso es lo mejor que le puede pasar a Mauricio Macri. Igual que Dujovne, los jefes de la campaña de Cambiemos saben que con el dólar a los saltos es imposible que los votantes tengan alguna disposición favorable a escuchar propuestas del oficialismo. La inflación de abril y la proyección de que la suba de precios en mayo -sobre todo en el rubro de los alimentos- será menor a la de abril contribuyen a tranquilizar a los encargados de apuntalar el maltrecho plan de la reelección. En el equipo de Dujovne calculan que la combinación de la desaceleración inflacionaria y el cierre de las partitarias más pobladas traerá hacia finales del mes el primer período de recuperación del poder de compra del salario en 13 meses. No es mucho, pero alcanza, según los economistas del Gobierno, para cortar -no se sabe si de manera efímera o más o menos permanente- la curva hacia el abismo. Para el crecimiento de la economía, admiten en uno de los edificios oficiales que rodean la Plaza de Mayo, habrá que esperar más.

Luego de meses de patinazos, al macrismo le alcanza con que se consolide el sueño de una economía invisible, que, aún sin proporcionar alegrías, no perturbe la campaña por la reelección de Mauricio Macri.

Es un proyecto modesto para los parámetros grandilocuentes con que suelen encararse las campañas presidenciales, pero es lo que tiene a mano hoy el Gobierno. La parsimoniosa recepción que le dieron los mercados financieros a la postulación de Alberto Fernández como candidato del kirchnerismo abona esa misma mirada. “Nosotros teníamos miedo de la inestabilidad política que nos iba a tener a los saltos hasta el 22 de junio, cuando cierran las listas. Ahora, eso se adelantó. Ahora ya sabemos quiénes serán los principales competidores, y esos nombres no generaron un terremoto financiero”, se alegra un hombre del Gabinete.

Marcos Peña cree que el video que Cristina Kirchner publicó el último sábado no alteró las líneas fundamentales del escenario político. El jefe de Gabinete insiste en que, a pesar de algunas modificaciones en la oferta de candidatos, el electorado sigue igual que antes. “Están los que nos votan a nosotros, los que votan a Cristina y los que no saben si votarnos a nosotros o a Cristina”, le dijo a su equipo en una de las muchas conversaciones que se armaron esta semana. Incluso, Peña agregó una frase a su repertorio, en este caso dirigida a Alberto Fernández: “Ser kirchnerista moderado es muy difícil”. Los barquinazos de Fernández en su debut como vocero de su propia candidatura –fotos con Rudy Ulloa y señales de moderación hacia el círculo rojo con diferencia de horas– son una prueba de ello.

El jefe de Gabinete insiste en que las martingalas electorales no tienen demasiada consistencia si no reflejan lo que llama las “identidades culturales” de las agrupaciones políticas. Algo de eso habrá pensado Peña en referencia a la vertiginosa semana de Alternativa Federal y sus vaivenes con Roberto Lavagna. Según aseguran en el Gobierno, el cordobés Juan Schiaretti mantendrá su promesa de evitar un acercamiento con el kirchnerismo. “Mientras haya una opción peronista distinta a Cristina, nosotros festejamos”, arriesga un operador político macrista, contento por el alejamiento de la pesadilla de la unidad peronista, que tanto jugo le dio al propio Schiaretti en Córdoba hace diez días.

La semana próxima, el propio Gobierno tendrá su ración de mareo interno, cuando la UCR se junte en la convención partidaria para tratar de alinear díscolos y ofrecer un ring controlado para quienes quieran pelearse entre sí o revolear insultos a Macri en caso de que sea necesario.