Lo dice uno de ellos, que vive en Don Torcuato y viajó a tocar con su banda a un shopping.

La vida de Ezequiel García Faura ya salía de lo costumbrista en Don Torcuato, donde se formó como clown, impulsó un centro cultural, dio clases de circo y aprendió cuanta rama del arte le diera curiosidad. Un día recibió una insólita propuesta laboral para irse a tocar a China junto a Los Carrangueros, su banda de jazz y swing. Y otro día, seis meses después y en un segundo viaje al país asiático, se enteró del coronavirus y quedó aislado en un departamento con sus amigos, celulares hackeados, la exigencia constante de tomarse la fiebre y la enorme duda de cuándo podrán volver.

“Estamos tratando de ponerle onda porque si no te angustia la incertidumbre. Muchos chinos son personas frías, como máquinas, que cuando preguntás sólo te dicen que no te pueden dar novedades”, cuenta el artista de 33 años por videollamada desde Xinqiao, la ciudad a 200 kilómetros del aeropuerto de Shangai donde están viviendo.

El lugar, en la provincia de Jiangsu, es una zona rural donde toda actividad pasa por un mega shopping con teatros, mercados, una exposición de caballos y lagos con sus propios barquitos navegados por chinos vestidos de venecianos. Allí es donde fueron a trabajar, a través de un productor argentino en Alemania, y donde Ezequiel, Braian Toledo, Federico Correa y Gabriel Albornoz notan la desolación por la epidemia.

“Sumado al Año Nuevo Chino, cuando mucha gente se va, la cuarentena dejó las calles vacías. Algunas están valladas, cerradas al tránsito, parece ‘The Walking Dead’“, cuenta Ezequiel.

La banda fue por primera vez en mayo pasado, también junto al hermano de Ezequiel, Fernando. Los contrataron para tocar tres shows diarios de 20 minutos en el shopping. Les costearon hotel y comida. Hablaban con su jefa del centro comercial, una de las pocas personas que saben inglés en la ciudad. Actuaban para 300 personas que, mientras ellos tocaban, hacían videollamadas en selfie y les pedían fotos. Les ofrecieron carne de perro en un restaurante y probaron larva de mariposa asada (“es asqueroso, como un chinchulín gordo, grasoso y muy condimentado”).

Volvieron en agosto, felices por la extravagante experiencia cultural, y en diciembre los convocaron otra vez.

“Nosotros llegamos el 9 de enero, aunque el problema del coronavirus ya venía de diciembre”, cuenta Ezequiel. “Trabajamos dos semanas y el gobierno chino cerró todos los shoppings, parques temáticos, cines y demás. Sólo íbamos de las habitaciones del hotel a ensayar, pero después también cerraron el hotel, dejamos de ensayar y nos mudaron a un departamento”.

Desde el 22 de enero están allí. Tres cuartos, un living, cocina y baño. Sólo salen para ir a comprar comida al supermercado, el único lugar habilitado para vender mercadería.

“Cuando entrás te toman la temperatura los mismos empleados. A nuestra jefa del shopping también le tenemos que mandar, todos los días, foto demostrando que nos tomamos la fiebre y no tenemos. Y cuando cruzás una frontera provincial te toma la Policía. Con nosotros son más amables que con los chinos”, detalla.

Tienen que evitar verduras o mercadería cruda: compran enlatado, hierven hasta el pescado y se la pasaron a “arroz en todas sus maneras y fideos con todas sus salsas posibles”.

Entre el aburrimiento y el histrionismo, Ezequiel García Faura -cuyo hermano Fernando también toca en la banda y viajó la vez anterior- empezó a compartir en Instagram su rutina en China. Filmó las calles, a una señora con una bicicleta repleta de cosas, a toda la gente con barbijos (“acá lo que dice el gobierno se cumple a rajatabla”, explica) y la pescadería en el supermercado: grandes peceras como en un acuario, de las que la gente elige y saca con una red, vivo, el ejemplar que quiere llevarse.

“Lo puedo mostrar porque tenemos una aplicación que hackea los celulares y nos deja bajar Instagram, Whatsapp, etcétera. Acá no existen esas redes, ni Facebook, ni Twitter ni nada. Tienen sus propias versiones, y en los sitios de noticias no podés traducir nada. Para nosotros lo más oficial es lo que dice la Organización Mundial de la Salud, Google o nuestras familias desde Argentina”, explica el artista.

Y además, desmitifica que todos en China tomen sopa de murciélago o coman perro. “En algunos pueblos rurales, como Wuhan, donde empezó el virus, puede ser. Pero es como si te fueras al Norte Argentino y creas que en todo el país comemos carne de mulita o de llama”, dice, aunque explica que sí se consiguen insectos en cualquier supermercado y que usan mucho picante.

Los integrantes de Los Carrangueros quieren regresar. Sus familias hacen lo posible por no alarmarlos, y saben que están a 800 kilómetros de las zonas más afectadas por el virus, que ya se cobró 908 muertes. “Estamos a la espera del ok del productor y a la cuarentena del gobierno local”, dice Ezequiel. En Don Torcuato, el ruido del Conurbano lo espera.

Fuente. Clarín